Reflexiones de bolsillo Pensamientos extendidos: La voluntad de mantenerse en pie


 

La voluntad de mantenerse en pie, aun cuando la fe en esta realidad se vuelve quebradiza, quizá sea uno de los actos más valientes de la existencia. Persistir cuando todo parece tambalearse no es simple resistencia: es una forma silenciosa de dignidad. Hay días en los que continuar ya es una victoria.

Tal vez por eso no siempre disfruto como los demás. A veces sospecho que hay quienes atraviesan la vida sin detenerse demasiado en sus matices, mientras otros cargan con la inquietud de mirar más hondo. La inteligencia, lejos de ser una bendición absoluta, puede convertirse en una maldición disfrazada de solución. Cuanto más se observa, más preguntas aparecen. Cuanto más se comprende, más evidente se vuelve la complejidad. Pensar demasiado puede apartarnos del instante.

Por eso también es necesario aprender cierta flexibilidad: apagar por momentos el exceso de raciocinio para habitar con mayor plenitud el presente. Pero conviene no dejarlo desconectado demasiado tiempo, porque uno corre el riesgo de olvidar cómo volver a encenderlo.

Quien no hace nada, no cambia nada. Toda transformación profunda comienza en lo cotidiano. Plantearse objetivos día a día es una manera humilde de acercarse a aquello que deseamos construir a largo plazo. En realidad, sólo contamos con un día a la vez. El futuro orienta, pero el presente es la única medida de tiempo que podemos tocar con las manos.

Schopenhauer decía que la vida es sufrimiento. Negarlo no lo elimina; al contrario, lo vuelve más pesado. El hastío, la frustración, la pérdida y la incertidumbre forman parte de la condición humana. Aprender a vivir no consiste en escapar de ello, sino en aceptarlo con voluntad y valentía.



Muchas veces, el origen de nuestras inconformidades está en el pedestal de las expectativas. Lo elevamos tanto que deja de verse con claridad. Entonces ya no perseguimos algo real, sino una imagen idealizada de la felicidad. Mientras más nos acercamos, más grande parece la promesa. Y cuando por fin llegamos y descubrimos que no era como imaginábamos, volvemos a subir el pedestal todavía más alto. Así comienza un ciclo sin fin.

Quizá por eso convenga aprender a vivir como podemos, y no siempre como queremos. De lo contrario, terminamos ahogados bajo la sombra persistente de la insatisfacción. Gestionar los deseos no significa apagarlos, sino darles una medida humana. Entender que no todo anhelo debe gobernarnos.

Quien se vuelve esclavo de sus deseos y pasiones termina siendo verdugo de su propia libertad. Por eso la razón debe convertirse en el faro que guíe nuestras decisiones. Las emociones son intensas, necesarias, pero están cargadas de subjetividad. En la euforia prometemos lo que nunca podremos sostener; en la tristeza dejamos pasar oportunidades; en la vulnerabilidad podemos incluso confundir a la persona equivocada con nuestra salvación.

El pesimismo, bien entendido, no consiste en ver todo de manera negativa ni en paralizarse. Consiste en mirar con lucidez las vertientes de lo bueno y de lo malo para decidir con mayor objetividad. No es desesperanza, sino una forma sobria de prudencia.

Con el tiempo he comprendido que una de mis libertades más valiosas está en escribir, reflexionar y pensar en soledad. Hay una forma de libertad que no depende del mundo exterior, ni de las circunstancias, ni de la aprobación ajena. Sólo hacia los adentros uno es realmente libre.



También he aprendido a desconfiar de quien grita demasiado alto ofreciendo respuestas definitivas. Quien parece tener siempre la solución no necesariamente comprende el problema. Muchas veces, cuando alguien atraviesa la desgracia, aparecen voces que se ofrecen como salvación. Pero no toda guía ilumina; algunas sólo buscan dependencia.

Lo mismo ocurre con ciertos liderazgos. Los líderes mediocres suelen rodearse de muchos subordinados como mecanismo de defensa. Mientras más grande el círculo, más difícil parece cuestionarlos. Pero la verdadera autoridad no se sostiene en la cantidad de seguidores, sino en la claridad de criterio, en la integridad y en la capacidad de construir con otros.

Trabajar en equipo no debería ser una lucha de egos ni una competencia silenciosa. El verdadero fin es negociar, escuchar, llegar a acuerdos y perseguir un objetivo en común. No siempre se necesita imponerse; muchas veces se necesita cooperar.

Y quizá, en medio de todo esto, la vida termine siendo precisamente eso: aprender a sostenerse, pensar con lucidez, aceptar el sufrimiento, moderar los deseos, actuar en el presente y conservar, aun en medio del ruido, un pequeño territorio interior donde la conciencia pueda seguir siendo libre.


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